Nos hemos reunido en la Iglesia Catedral para celebrar la liturgia de Acción de Gracias, por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo. Las fiestas patrias tienen un alcance que superan el solo recuerdo de un acontecimiento.
Celebramos una realidad viva que tiene sus raíces en personas y circunstancias, y que hoy nos convoca como depositarios de un legado y responsables de su futuro. Pasado, presente y futuro forman una unidad dinámica de significado, que hace de esta celebración un momento de gratitud y de compromiso. Hay un sentido de pertenencia que nos descubre en la unidad de un camino que debemos sentirlo como propio. Cuando se pierde el sentido virtuoso de esta unidad que nos antecede y nos da identidad, la diversidad puede atomizarnos y ahondar los desencuentros.
Esta celebración nos debe ayudar a actualizar la conciencia de sabernos miembros de una misma comunidad social y política que nos define como Nación. La Patria es un don que recibimos, la Nación una tarea que debemos realizar. Nadie puede sentirse ajeno, por ello, a esta verdad social y política que nos define y compromete. Me atrevería a decir que la mayor pobreza como ciudadanos sería vivir en una comunidad y no sentirnos parte de ella. Reconocernos desde la unidad es el fundamento de una amistad que nos permite enriquecernos con la diversidad de sus miembros. Ni hegemonía de la unidad, ni anarquía de la diversidad. En esto juega un papel importante en la vida de la República la sabiduría y la magnanimidad de sus dirigentes, con su responsabilidad política y ejemplaridad social. ¡Cuánto nos cuesta a los argentinos, conjugar esta realidad de lo uno y lo diverso! Caemos fácilmente en la tentación amigo-enemigo, que nos puede dar una aparente seguridad pero que es signo de nuestra fragilidad como República.
Hay dos temas que hacen al desarrollo armónico de una comunidad de hombres libres, me refiero al Bien Común y a la Solidaridad como expresión de servicio y de equidad en la sociedad. El Bien Común, en cuanto el conjunto de condiciones que posibilitan el desarrollo integral de la persona, es un valor que determina el nivel alcanzado por una sociedad. No es un límite, es una exigencia ética de un auténtico crecimiento humano. El individualismo es, precisamente, la enfermedad que atenta contra el Bien Común. No se trata de un “slogan” circunstancial, sino de una definición de auténtica filosofía política, llamada a formar a quienes asumen la responsabilidad de la cosa pública en el marco de una democracia republicana. Esto no es algo automático, sino que supone un acto de nuestra inteligencia iluminada por valores morales junto a la conciencia de pertenecer a una misma comunidad. El Bien común tiene rostros y preguntas que debemos saber leer.
En este mismo sentido la Solidaridad es, también, un rasgo que determina el nivel de equidad alcanzado por la sociedad; ella es garantía de su desarrollo armónico. No se trata de un sentimiento individual o testimonial de una persona o institución, sino de un aspecto de la justicia distributiva, que es dar a cada uno lo que le corresponde. Por ello, no son las leyes de un mercado globalizado, o la sola búsqueda de rentabilidad, aunque tenga su importancia, las que deben dar las pautas últimas o los criterios de un justo crecimiento a la sociedad, sino que es la solidaridad, como expresión moral de pertenencia a una comunidad de personas libres, la que debe iluminar el camino de una economía que, en su globalización y adelantos, esté al servicio del desarrollo integral del hombre y su familia. Es difícil comprender el valor de la solidaridad desde una ética individualista. Estamos ante un desafío cultural y de orden moral, antes que económico. Volvemos a ver que es el hombre, en su libertad y nivel de valores y principios, el que ordena los pasos y construye una comunidad solidaria.
La nobleza de la política, como expresión “eminente de caridad social”, reclama tanto al político en un año electoral, como también a toda dirigencia, sentirnos servidores del Bien Común y testigos llamados a orientar el camino de Solidaridad. Es necesario valorar en estos temas el significado moral y ejemplar que tienen las virtudes del diálogo y la honestidad, como la austeridad y la magnanimidad de toda la clase dirigente, que permita recobrar la confianza en la palabra dada, junto al firme deseo de crecer en concordia y la amistad social de todos los argentinos. Revisar actitudes y tender puentes no es signo de debilidad, sino expresión de sabiduría humana y madurez política. Danos para ello, Señor, la sabiduría del diálogo y el compromiso por el Bien Común. Danos un corazón generoso para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los más pobres, aborreciendo el odio y construyendo la paz. Dios, que es fuente de toda razón y justicia, nos acompañe y nos bendiga en este nuevo aniversario de la Patria. Amén.
Fuente: AICA
