
Hermanos, Paz y bien a todos en Cristo Jesús nuestro Señor.
A los que sabemos el valor de la vida en todas sus dimensiones, en su recorrido que empieza en el momento de la concepción y finaliza - o debería finalizar - con la muerte natural, nos parte el corazón la matanza de niños en Newtown, estado de Connecticut, EE.UU.
La muerte de 20 niños me recuerda el episodio evangélico de la matanza de los inocentes, otro derramamiento de sangre considerado insólito por muchos que también cuestionan la historicidad de los evangelios por ser supuestamente mitológicos y exagerados. Pero ahí lo vemos otra vez, una masacre obscena y malévola, nefasta y podrida hasta la médula. Ni tampoco los 6 adultos muertos por el sólo hecho de enfrentar al asesino merecían morir así y si lo pensamos bien, tampoco el asesino, de haberse tratado su abyecta enfermedad mental.
Aquí en los EE.UU. la gente está pidiendo acción inmediata, la cual se cristalizará en alguna forma de prohibición del comercio de armas semiautomáticas. En mi opinión esto dará un sentido de seguridad falso a un sector amplio de la población, porque la ilusión de haber hecho “algo” probará ser más fuerte que la triste realidad.
Y la triste realidad es que en este país el respeto a la vida ha ido en reversa desde que se reconoció el aborto como un derecho inalienable y absoluto de la mujer y la depersonalización subsecuente del ser humano gestante ante la ley. No necesitamos realizar un brinco deductivo para concluir que si el valor de una vida de un niño gestante es relativo, pues el de un niño ya nacido también lo es y esto a la fuerza, sea del escalpelo o de la escopeta. No hay diferencia alguna entre la decisión que un supuesto médico hace de quitarle la vida a un bebé en el útero de su mamá, y la decisión que hizo el homicida en Newtown, Connecticut, excepto que al abortista que llega a esa decisión se le considerará un ser racional antes, durante y después de matar a la criatura.
Es triste, pero la indiferencia que la mayor parte de nuestros ciudadanos demuestran hacia el aborto pavimentó el camino a la masacre de niños en Connecticut. Al asesino se le llamará y tal vez con razón, “loco” e “irracional” pero él hizo el mismo juicio valorativo que el abortista hace cada vez que mata a un bebé. El homicida de Connecticut hizo la conexión lógica.
Y es por esto que ninguna medida que prohiba el comercio de armas de fuego de alto poder – mucho menos una confiscación general de toda arma de fuego – logrará resolver el problema. Y esto porque otro loco utilizará otra arma, un machete, un cuchillo, un escalpelo para matar más inocentes porque nuestro problema primario es uno moral, seguido de uno de salud mental. Los políticos tomarán sus decisiones y las soluciones serán paliativas y superficiales, pero el alma de nuestro país no será sanada. Otras masacres ocurrirán mientras nuestra alma nacional quede sucia e y irredenta.
Si nuestros conciudadanos reconocieran el valor absoluto de la vida humana en todas sus etapas de desarrollo, quedaríamos mejor equipados para enfrentar otros problemas como la guerra, la pobreza y el sufrimiento del inmigrante ilegal, de la viuda y del huérfano. Veríamos la alborada de un nuevo día de libertad en un país que le dio al mundo la misma definición de lo que es ser libre para buscar la vida y la felicidad.
¿Llegaré a ver eso? No sé, pero la esperanza es lo último que se pierde.
Recemos, recemos muchos por los EE.UU. y por todos nuestros países, para que todos reconozcamos el valor de la vida y así terminen nuestras matanzas y nuestros niños puedan crecer sin miedo y reir y no caer víctima del malechor de turno.
Posted: 18 Dec 2012 05:39 PM PST
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