Por: P.
Jürgen Daum
Quien hace la opción de vivir la castidad porque
entiende que es lo mejor para ella misma y para el hombre que ama, que ese es
el camino para crecer y madurar en un amor auténtico, se encuentra ante una
gran pregunta: “¿y cómo vivo la castidad en lo práctico, en lo cotidiano? ¿Qué
implica concretamente?”
Para vivir la castidad lo primero es quererlo con
firmeza. Desearlo con convicción y encontrar la motivación apropiada son
fundamentales para la adquisición de la virtud de la castidad. En ese mismo
sentido es importante que entiendas y estés convencida de que sí se puede vivir
la castidad. Quien dice que es imposible, es porque no lo ha intentado
seriamente o porque ni siquiera quiere intentarlo. Y no porque él o ella no
quiera o no pueda, no quiere decir que otros no puedan. En esto de intentar
vivir la virtud de la castidad también se aplica aquello de “querer es poder”.
La castidad ciertamente no se alcanza de la noche a la
mañana, con solo quererlo y decidirlo. Luego de la decisión viene todo un entrenamiento
y es necesaria la perseverancia. La castidad es una virtud, y nadie llega a ser
un virtuoso sin esfuerzo, constancia, sacrificios, lucha, guía y mucha
paciencia. No te desanimes jamás si fallas al primer intento, o al segundo, o
al tercero. Lo importante es seguir intentando siempre de nuevo y nunca darte
por vencida, nunca quedarte con la última experiencia de derrota.
Teniendo la decisión y con la convicción de que sí se
puede, toca entrenarte. Como en las artes marciales o en cualquier deporte,
solo se puede alcanzar su perfecto dominio mediante técnicas, con un maestro
que te enseñe y con la repetición diaria de ciertos movimientos y ejercicios.
Recuerda que como en todo lo que requiere entrenamiento también en el dominio
de los propios deseos e impulsos sexuales por medio de la castidad la
repetición de actos virtuosos y la perseverancia son fundamentales.
Perseverar es nunca darse por vencidos. Perseverar es
ser una porfiada: “si me caigo, ¡me vuelvo a poner de pie y vuelvo a la
batalla!” ¡Nada de quedarse tirados en el suelo luego de una caída! Perseverar
implica ver la caída no como un fracaso, como la derrota final, sino como una
oportunidad para aprender, para ser más inteligentes en adelante y no cometer
los mismos errores. Una caída no hace el final de la carrera. Es tan sólo eso:
un tropezón en el camino. Si te caes en el intento, saca fuerzas de donde sea,
te pones de pie y vuelves a intentarlo, tantas veces sea necesario. Aunque
falles, ¡el Señor siempre te ofrece una nueva oportunidad! Sólo te pide que con
humildad aceptes tu fragilidad, que aprendas de tus caídas y que vuelvas a la
lucha apoyada en Su fuerza.
El fracaso no consiste en una caída, sino en no querer
levantarse nuevamente, en la decisión de abandonar la lucha. Aunque vuelvas a
caer “siempre en lo mismo”, jamás debes ceder al desaliento o desánimo. Siempre
se puede volver a intentar de nuevo. Si siempre te vuelves a poner de pie, poco
a poco, con el tiempo, con paciencia, verás que puedes ir creciendo en un mejor
dominio de ti misma.
Ten en cuenta que por más buena intención que tengas
en un momento de mucho entusiasmo, las caídas en el caminar son parte de la
vida. Una joven me escribió luego de caer:
«Le cuento
que caí, me siento avergonzada y triste, pensé seguir en la lucha constante,
pero no pude. Ahora me doy cuenta que es una lucha muy fuerte, que no pude
seguir, pero me levanté, miré de frente. Pero ahora tengo más miedo que antes,
me dejé llevar, me puse a tomar, tuve la oportunidad de dejar de tomar y no lo
hice, y terminé casi cediendo a tener relaciones sexuales con un chico que
supuse que era mi amigo. Me siento mal, no me porté bien, pero no me dejaré
vencer por esta caída así que iré a confesarme para retomar mi lucha.»
¡De eso se trata! De levantarse nuevamente, de pedir
perdón, de aprender de los errores, de volver a intentarlo con más humildad y
prudencia.
Como aquellos jóvenes que cayeron a pesar de haberse
propuesto vivir la castidad, tú también puedes caer en medio de tus luchas. En
ese momento podrás experimentar frustración, amargura, tristeza, vergüenza,
podrás sentir que has decepcionado a Dios o a quienes confiaron en ti, o a ti
misma, y que ya no mereces ser perdonada. A pesar de ello el Señor no te dirá
jamás: “hasta aquí no más”, “ya no mereces ser perdonada”. No dejes jamás que
la decepción de ti misma te apartarte de Dios o de quienes están allí para ayudarte
a levantarte si caes, para alentarte a seguir caminando. Por tanto, si caes,
¡pide inmediatamente perdón a Dios, levántate y vuelve a la batalla! ¡El Señor
siempre te da la posibilidad de levantarte y empezar de nuevo!
Ahora bien, en nuestra opción por vivir la virtud de
la castidad para amar de verdad es fundamental poner medios proporcionados. Un
“medio” es algo que me permite alcanzar un fin. Así por ejemplo un medio para
llegar a un lugar es un bus, o un automóvil, o una bicicleta. Pero un medio
“proporcionado” es aquél medio adecuado que me permite llegar al fin deseado.
No todos los medios son suficientes o apropiados. Por ejemplo, si quiero ir a
un país que queda en otro continente no lo puedo hacer a pie o en automóvil
únicamente. Debo hacer uso de otro medio de transporte: un avión o un barco. El
automóvil, aunque sirve para movilizarse, no me sirve para cruzar el mar. No
cualquier medio me permite alcanzar un fin deseado. Para alcanzarlo debo usar
un medio proporcionado al fin que espero alcanzar.
Finalmente, lo que parece imposible, con Dios se hace
posible. Los cristianos creemos que además de ser una virtud moral, la castidad
«es también un don de Dios, una gracia.»[1]
En cuanto tal, hay que pedirla insistentemente a Dios.
Decía San Agustín:
«Creía que la continencia dependía de
mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no
entendía lo que estaba escrito: que nadie
puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si
con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi
cuidado.»
El Señor en el Evangelio nos dice: «Si permanecen en
mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo
conseguirán» (Jn 15, 7), y también: «Yo les digo: Pidan y se les dará; busquen
y hallarán; llamen y se les abrirá.» (Lc 11, 9) Así pues, la oración para pedir
pureza y castidad es indispensable en nuestra lucha diaria.
Además de la oración, la fuerza para luchar y el amor
que queremos vivir los encontramos en los sacramentos de la Eucaristía y de la
Reconciliación. Acudir a los sacramentos es fundamental. En la Eucaristía nos
nutrimos de quien es el Amor mismo, de Cristo. De ese modo podemos crecer día a
día en un amor verdadero, el mismo amor que Cristo nos tiene, el amor que Él
nos manda vivir. Él, además, es fuerza para nuestra debilidad. Necesitamos de
Él para amar más, para amar verdaderamente y para poder ser cada día más
fuertes en nuestro empeño por vivir la castidad. Por otro lado, en el
sacramento de la Reconciliación nos encontramos con el amor y la misericordia
de Dios, que nos acoge cuando nos caemos, nos perdona, nos alienta y anima a
ponernos de pie y volver a la batalla, cura nuestras heridas y nos fortalece en
todas nuestras luchas con una gracia particular.
Comprometerse a vivir la castidad es entrar en una
lucha dura. Quien entra en combate es muchas veces herido, a veces con
gravedad. Comprometerse a vivir la castidad no es comprometerse a “nunca caer”,
sino a luchar día a día, y si en medio de la lucha caes, es tomar la decisión
de ponerse nuevamente de pie para volver a la batalla. Si caemos, necesitaremos
ser perdonados y curados, una y otra vez. Si te caes, acude al Señor a pedir
perdón. Él te espera para perdonarte, para curar tus heridas, para alentarte a
ponerte nuevamente de pie y seguir en la batalla. De eso se trata: no de nunca
caer, sino de levantarnos SIEMPRE, y levantarnos CUANTO ANTES, sin consentir en
la tristeza que nos hunde en el desaliento, en la desesperanza, que quiere
hacerte creer que “no puedes”, que “siempre es lo mismo”, que “nunca podrás
superar tu debilidad”. ¡Nada de eso es verdad! El Señor nunca te va a decir:
“es verdad, tú no puedes”. ¡Jamás! El Señor nunca te va a rechazar. Nunca te
condenes a ti misma cuando el Señor te está esperando en su sacerdote para
perdonarte «setenta veces siete» (Mt 18, 22), es decir, sin límite, sin medida.
Dicho esto, pasemos ahora a revisar las distintas
situaciones que ponen en riesgo nuestra castidad, todo aquello que hemos de
tener en cuenta para ser prudentes y para crecer en la virtud de la pureza.
Sugeriremos también algunos medios que pueden parecer exagerados, pero que son
muchas veces los medios necesarios para romper con situaciones pasadas que nos
han llevado a la impureza. Hay momentos en los que sencillamente debemos dejar
de hacer cosas con ciertos “amigos”, o apartarnos de ciertas personas o lugares
si es que queremos vivir la castidad, “recuperarnos” y fortalecernos en el
dominio de nuestros impulsos sexuales, a fin de orientarlos al amor verdadero.
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2345.
Para continuar con la lectura del autor ingresar a: http://temasdeiglesia.synodia.org/node/1082 y descargar el archivo de Word "Cómo vivir la Pureza".
